La controversia de Cuties: un tema complicado que no debe ser censurado

Hablar sobre la película Mignonnes, mejor conocida como Cuties en inglés o Guapis en español, es complicado por la gran controversia y polarización que ha surgido a su alrededor, la cual dificulta una discusión crítica sobre los temas que presenta. Esta obra de Maïmouna Doucouré narra la historia de una pre-adolescente de once años llamada Amy, hija de inmigrantes senegaleses en Francia, que debido a su soledad y opresiva crianza musulmana hará todo lo posible por encajar en un grupo de niñas bailarinas urbanas, cuyas rutinas cargadas de connotaciones sexuales no son del todo apropiadas para su edad.

En México, las alarmantes estadísticas de abuso sexual infantil y embarazos adolescentes ponen en evidencia un problema social que no se ha podido atender adecuadamente. La intención de Cuties, dirigida específicamente a un público maduro, es precisamente hablar sobre cómo el fácil acceso a material audiovisual para adultos y las redes sociales contribuyen a la sexualidad distorsionada de los pre-adolescentes y adolescentes. Las escenas donde las menores actúan de manera sexualizada no son una glorificación del acto, sino un evento incómodo y a veces perturbador, tal y como lo es en el mundo real.

Es imposible ver la película y creer que es una apología de la pedofilia, ya que el guion y el lenguaje audiovisual son explícitos en cuanto a su reprobación de estos actos (la presentación final incluso muestra a un público que desaprueba el espectáculo); sin embargo tampoco romantiza las difíciles infancias de las personas desfavorecidas y marginadas. Amy y sus amigas puede ser inocentes por instantes y vulgares y agresivas en otros, como cualquier niña a esa edad dentro de ese contexto sociocultural.

Es válido cuestionarse si los encuadres y los movimientos sugestivos de los bailes son apropiados para presentarse en pantalla, o si las actrices infantiles resultaron “dañadas” psicológicamente. Preguntarse hasta donde la libertad creativa permite la presunta explotación infantil en el cine es una discusión que existe desde hace décadas. Algunas películas aclamadas por la crítica como Taxi Driver, con Jodie Foster como una prostituta infantil; o Léon: The Professional, con Natalie Portman en una problemática relación con tintes pedófilos con un asesino a sueldo; presentan a menores de edad en papeles que podrían considerarse inapropiados para su edad y en su momento causaron también controversia. Curiosamente las obras que muestran violencia ejercida por niños como Lord of the Flies o Hunger Games no suscitan el mismo nivel de indignación.

Jodie Foster (de 12 años) disfrutando su papel en Taxi Driver

No hay una respuesta contundente sobre los límites de los actores infantiles, ya que dependen de las leyes sobre el trabajo infantil del momento, la ética profesional de los involucrados y la manera en que se filman las escenas, algo que difícilmente podemos saber sin haber estado ahí o a través de un detrás de cámaras.

Quien haya visto cine europeo sabe que este tiende a ser más abierto en cuanto a temas de sexualidad comparado con las producciones de Hollywood. En el caso de Cuties, de acuerdo a declaraciones de Doucouré las niñas fueron acompañadas por un psicólogo durante la grabación y la misma directora se encargó de hablar claramente con las niñas sobre la intención de las escenas y generar un ambiente de confianza con las niñas. No hay desnudez ni escenas sexuales por parte de las niñas, como algunos medios engañosos quieren hacer creer. El contenido “controversial” es algo que se puede encontrar fácilmente en Youtube, la televisión abierta o incluso en las calles; por lo tanto es muy ingenuo afirmar que Cuties es “carnada de pedófilos”, aunque el póster inicial de Netflix sí daba esa impresión.

Podemos deducir que la extrema reacción negativa que ha tenido esta producción se debe a varias razones. La tradición cristiana que prevalece en muchos sectores conservadores propaga la idea de que los niños son criaturas asexuadas, lo cual la psicología ha desmentido ya. Actualmente existe en todo el mundo una campaña escandalizadora en contra de la “ideología de género” y Cuties es el chivo expiatorio perfecto para crear pánico social e infundir miedo (infundado) sobre la supuesta normalización de la pedofilia que buscan los movimientos progresistas feministas y LGBT+.

“This is not normal: 11 year-old girls sexualized” (conservadores llegando inesperadamente al punto)

Sí, es verdad que la sexualización infantil en los medios existe, pero las causas son múltiples e incluyen: el machismo de nuestra sociedad que alienta a los hombres juzgar a las mujeres por su atractivo sexual; la falta de espacio para voces y modelos a seguir femeninos los medios; la comodificación de los cuerpos de las mujeres para consumo masivo en la publicidad; la falta de educación sexual integral por parte de padres e instituciones educativas; los marcados estereotipos de género impuestos por la sociedad y reforzados por la religión; la misoginia inherente de las doctrinas religiosas abrahámicas; los estándares de belleza imposibles para niñas y mujeres; la falta de comunicación entre padres e hijos a causa del distanciamiento por cuestiones económico-laborales; etc. Muchas de estos temas aparecen en la película francesa y contribuyen a unir las piezas del rompecabezas que nos ayudan a entender integralmente este complejo tema.

Doucouré explica que hay tres fuerzas que influyen y forjan la personalidad en crecimiento de Amy: la cultura del internet, la cultura francesa-occidental y el islam. El aspecto religioso es uno que no ha sido discutido tan ampliamente hasta ahora. Tal parece que obligar a una niña a cumplir con el rol que le asigna su religión opresiva no causa el mismo rechazo que una niña “twerkeando”. Es verdad que una niña no debería estar actuando sexualmente sugerente hacia los adultos, pero tampoco debería ser obligada resistir los golpes de la vida pasivamente, como cuando funge como madre sustituta para sus hermanos. Podríamos llamar a la falta de atención a este y otros aspectos como indignación selectiva.

Cuties no es la causante de la pedofilia que existe en el mundo, sino un espejo que nos quiere obligar a confrontar cómo las mismas niñas pueden ponerse en una situación comprometedora y peligrosa cuando no tienen una supervisión adulta responsable y son influenciadas negativamente por su entorno y el material inapropiado que tienen a su alcance. Los grupos de ultraderecha tienen en sus manos un chivo expiatorio que usan para su beneficio con el fin de evitar hablar de las verdaderas causas de la sexualización y abuso infantil.

¡Oh no! ¿Cómo pudo Cuties provocar esto?

Gracias en parte al movimiento social que comenzó con el #MeToo, muchos abusadores ya han sido identificados, pero lamentablemente son protegidos por el poder que poseen. Son políticos, empresarios, cineastas, sacerdotes y líderes religiosos, profesores y demás personajes (incluyendo miembros de la misma familia) que abusan de su poder para actuar por encima de la ley y dañar a las infancias. Estos abusadores reales son quienes deberían recibir el rechazo social mal dirigido hacia una obra de ficción.

El miedo a hablar sobre la sexualidad también es otro factor clave en todo esto. No podemos permitir que se limite el acceso a la educación sexual para niños por los prejuicios religiosos de algunos. Los menores de edad que cuenten con un vocabulario y conocimiento de su cuerpo y el consentimiento podrán detectar y defenderse más fácilmente cuando alguien intente sobrepasarse con ellos.

Cuties es incómoda y perturbadora, pero también íntima y honesta. A través de la historia de una niña con los mismos defectos que cualquier puberto—todos hicimos muchas tonterías a esa edad —, Doucouré expone de manera osada y honesta problemáticas sociales que merecen nuestra atención. Como una buena obra de arte, invita a la reflexión. Querer “cancelarla” solo impide una saludable y urgente discusión.

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