Desenfrenadas, irreverentes, feministas y con mucho corazón

La primera gran señal para mí de que Desenfrenadas era algo diferente ocurre en el primer episodio cuando hay una breve participación de la reconocida actriz de doblaje Laura Torres caracterizada como Daria, un ícono feminista animado y al que ella daba voz en el doblaje al español. La serie animada marcó una generación por su excelente humor sarcástico y mordaz crítica social sobre la adolescencia estadounidense a finales de los 90, pero lo más refrescante era que el corazón de la historia residía en la amistad entre la protagonista y su mejor amiga Jane; juntas sobrellevaban los altibajos de la juventud con amor incondicional muy inspirador. Que los creadores de Desenfrenadas se esforzaran en aludir a esta animación de manera tan explícita para quien conozca la referencia (e imperceptible para quienes no) me dejó claro que estaba ante algo especial.

Debo confesar que mi intención inicial para ver esta serie de Netflix era hacer hate-watching, es decir, verla con intenciones de disfrutarla irónicamente criticando y riéndome de sus fallas. Aunque ya se había estrenado hace varios meses en la plataforma, no había escuchado a nadie hablar sobre ella. Mi impresión del trailer fue muy negativa—Otra serie mal escrita de whitexicans chiflados—pensé. Mi exploración de series mexicanas recientes me había llevado a resignarme a que la mayoría de las producciones, especialmente las comedias, son entretenimiento basura con pésimos guiones plagados de clichés y temas controversiales para estándares de señoras católicas; como en La casa de las flores, El juego de las llaves, Ana y más recientemente Cómo sobrevivir soltero (la más aborrecible de todas). Pero no, yo fui el tonto y prejuicioso porque después de hacer binge-watch de los diez capítulos de Desenfrenadas puedo decir que es de lo mejor que he visto, nacional o internacional, en años recientes. Me hizo reír y llorar, con una trama y personajes veraces e inteligentemente construidos, con un feminismo que sobrepasa los clichés y una fuerte crítica social integrada orgánicamente en la historia.

Esta serie creada por Diego Martínez Ulanosky trata sobre Vera, Rocío y Carlota, tres amigas de veintitantos años pertenecientes a una burbuja social de clase media-alta, que hacen un road trip de fin de semana de CMDX a Oaxaca topándose en el camino con Marcela, una chica oaxaqueña en serios problemas que, a punta de pistola, las obliga a darle un aventón. Esta premisa inicialmente me pareció algo problemática—la actriz principal morena como una delincuente violenta—pero finalmente funciona gracias a una cuidadosa construcción de personajes que reconoce este prejuicio y se preocupa por mostrar los motivos de cada chica para empatizar con ellas y sus motivaciones. Debajo de las groserías y el bullying light (porque sí son muy malhabladas y “llevadas”) encontramos humanidad y vulnerabilidad palpable; además, la química entre las cuatro actrices principales es tan buena que es un deleite verlas convivir.

Vera (Tessa Ia) es una aparente típica chava rica, hija de papi, que se siente con derecho a navegar por la vida haciendo lo que quiere sin sufrir consecuencias. Su introducción la retrata de manera extremadamente antipática: después de perder un ascenso en la revista de modas donde trabaja, explota y en un berrinche destruye la laptop de su rival e involuntariamente roba unos vestidos para una sesión de fotos. Para escapar de su realidad, invita a sus dos amigas a acompañarla en un viaje a Oaxaca con el fin secreto de perseguir a su fuckboy.

Rocío (Bárbara López) es una joven médica sobresaliente a punto de recibir una beca para estudiar en Suecia. Es atormentada constantemente por el recuerdo de su hermana recientemente fallecida y esto, aunado a la presión que ejerce su padre para que siga sus pasos y las dudas sobre el compromiso con su novio “Juanpi”, la llevan a aceptar la invitación de Vera para desaparecer por unos días.

Carlota (Lucía Uribe) es una chica feminista y poeta frustrada de familia judía que aún vive con sus padres sin saber qué quiere hacer de su vida. Su baja autoconfianza la hace fácilmente manipulable por Vera y así es como termina renuentemente accediendo a viajar con sus amigas. “Carli” cumple con las características estereotípicas de una feminista, desde su apariencia desaliñada hasta su manera de expresarse en sus diálogos contra el heteropatriarcado, pero al poco tiempo su caricaturización se desvanece y encontramos a una joven realmente comprometida con lo que pregona.

Marcela (Coty Camacho) vive una vida turbulenta en los barrios bajos, entre una relación extremadamente tóxica con su novio Joshua, cuidar a su hermano adolescente y la sombra del crimen organizado representada por un hombre apodado Sapo. Después de un altercado con este último es cuando por azar se cruza con el grupo de amigas y al no recibir ayuda “por las buenas” se ve obligada a intimidarlas y obligarlas a llevarla a su destino. Su introducción tal vez sí refuerza estereotipos, pero a través de los episodios reconocemos la dignidad, motivaciones y cualidades de Marcela para poder admirarla sin lástima o condescendencia. No es la “jodida” que debe ser salvada por la gente güera, más bien es un reflejo de lo que viven muchas mujeres en México.

El contexto inicial de las chavas es importante porque Ulanosky y su equipo no huyen de resaltar las evidentes diferencias de clases sociales como uno de los temas principales, sin caer en el maniqueo. Por momentos la trama se puede volver muy oscura, incluso perturbadora, sin embargo la serie no cae en el melodrama fácil. “Show, dont tell” es una regla de guionismo rara vez aplicada en las otras series mencionadas anteriormente, pero esta producción confía en el espectador para leer entre líneas las intenciones de los personajes y recompensar al espectador que haya puesto atención. El lazo entre Vera y Marcela en particular está muy bien logrado y, lo más importante, es creíble y lógico. El fuerte drama es digerible por el contraste con los momentos más contemplativos y divertidos, pero sobre todo gracias al humor irreverente.

La reciente controversia sobre la comedia racista-clasista en México llevó a muchos comediantes, actores y otras figuras públicas a declarar que el humor está muerto debido a la corrección política y las generaciones tan sensibles de ahora. Quienes piensan así debería voltear a ver a Desenfrenadas y aprenderle algo. Su humor toca temas temas “polémicos” como clasismo, racismo, privilegio, feminismo y la inseguridad del país; con el acierto de no usar a las personas desfavorecidas como objeto de burla, sino crear el humor a través de los choques de personalidades, y una mezcla de groserías y spanglish. Las veces que alguien actúa de manera racista o clasista, la burla es hacia la persona prejuiciosa, como debe ser.

Un problema de otras producciones contemporáneas es que se autoproclaman feministas con bombo y platillo cuando en realidad manejan el tema de manera muy torpe o limitada. Películas como Cindy la regia o series como La casa de las llaves y Ana parece que solamente basan su empoderamiento en la libertad personal, con mayor énfasis en el sexo sin compromiso o encuentros lésbicos. Y sí, es verdad que la liberación sexual femenina es todavía algo transgresor en cine y televisión de un país conservador como México, pero limitarse a este aspecto reduce el movimiento social a algo individualista. Además de con quién se acuestan o a quién le mandan nudes, Desenfrenadas no olvida mostrar la parte interpersonal del feminismo: las relaciones de apoyo entre mujeres están inscritas en el ADN de la trama.

Vera, Rocío, Carlota y Marcela son personajes refrescantes porque no están para nada idealizadas. Desde el primer episodio entendemos que son capaces de ser desconsideradas y tomar (muchas) malas decisiones. Entre ellas manejan un humor incisivo y se “pendejean” mutuamente todo el tiempo. Por otro lado, una y otra vez somos testigos del apoyo y amor que comparten para sobrellevar las dificultades que atraviesan. La interseccionalidad del feminismo es evidente cuando las chicas de CDMX son confrontadas con su privilegio y eventualmente lo utilizan para ayudar a Marcela. Al final de la serie la amistad entre las cuatro mujeres se siente real y satisfactoria porque se ha solidificado a través de la sororidad y los momentos, buenos y malos, que compartieron.

Si he hablado mucho sobre los temas y personajes es porque son el highlight de la serie para mí—se merecen que les echen mil flores—pero audiovisualmente también es un deleite. El soundtrack cuenta con música de artistas, muchas femeninas, en español con propuestas de rock-pop-electrónica muy cool (y un reguetón chusco por ahí). La dirección, edición, fotografía y dirección de arte son impecables. Los episodios son cortos pero utilizan el tiempo muy efectivamente, siendo raro que haya escenas que no avancen la trama o no contribuyan al desarrollo de personajes. Incluso un episodio que podría parecer filler, en el cual las amigas terminan en poblado pequeño en medio de una tormenta, tiene una carga simbólica enorme y pone en evidencia el gran avance en los arcos de personaje de las cuatro protagonistas.

Quien se sienta decepcionado o desilusionado por la basura mexicana de Netflix, Amazon Prime y demás, debe darle la oportunidad a esta serie. En un mundo ideal todo mundo estaría hablando y discutiendo esta joya. Realmente espero que produzcan una segunda temporada para retomar los cabos sueltos de la trama, pero sobre todo porque confío en que el equipo de Desenfrenadas aún tiene mucho que decir de manera inteligente, graciosa y humana. Vera, Rocío, Carlota y Marcela son the real deal.

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