La camarista

“En esta vida no todos obtienen lo que quieren”, le dice el ama de llaves a Eve casi al final de La camarista, tras negarle un merecido ascenso. Este primer largometraje de Lila Avilés nos enfrenta a esta realidad, la de miles de personas cuyo empleo no tiene reconocimiento o recompensa satisfactoria, aquellos trabajadores invisibilizados que contribuyen a que el sistema siga funcionando. La mirada sobria de Avilés, casi documental, hacia este mundo no pretende dar una moraleja sino ser un campo fértil para la reflexión.

La camarista guarda algunas similitudes con Roma de Alfonso Cuarón al ser un slice of life de una trabajadora cuya labor no siempre es bien agradecida por sus empleadores. Evelina (Gabriela Cartol) es una chica de 24 años que tiene que trabajar en un hotel ejecutivo para mantener a su hijo. La mayor parte de su vida transcurre dentro del edificio donde labora, donde la gente alrededor de ella espera resultados y subordinación. El trato con los huéspedes es prácticamente nulo, algunas veces indigno, siempre bajo una dinámica implícita de sumisión, pues los únicos deseos que importan son los del cliente.

Eve recupera su humanidad momentáneamente cuando habla por teléfono con su hijo, un recordatorio de que debe aguantar el día a día por el bien mayor. Su relación con otros empleados, particularmente Minitoy, también ayudan a mitigar el tedio y dan un escape momentáneo a las repetitivas y arduas tareas de Eve. Pero la protagonista no está resignada a su condición actual, sus acciones indican que quiere superarse, sin embargo las condiciones de su entorno no siempre lo permitirán. Cuando no le dan un esperado ascenso o las clases para empleados son abruptamente canceladas, no hay lugar para la queja. Hay más habitaciones por asear y el sistema no permite que alguien sea improductivo.

A diferencia de Roma, cuya fotografía y dirección creaban cuadros hermosos, casi poéticos, que enaltecían escenas cotidianas, en La camarista las imágenes son claustrofóbicas y opresivas, llegando incluso a ser abstractas ocasionalmente. Sin recurrir al melodrama y libre de idealizaciones, entendemos perfectamente la frustración y enojos de Eve. Cuando las adversidades llegan, no tenemos opción más que absorberlas y guardarlas, pues rara vez se nos permite la catarsis.

La película de Avilés no tiene necesariamente el objetivo de entretener: es lenta, silenciosa y no está preocupada por crear escenas dramáticas si no son necesarias. El disfrute de ver esta obra está directamente ligada a la capacidad de empatía y esfuerzo intelectual que se quiera emplear. Ver a Eve trabajar a solas en tareas mundanas como tallar una bañera o atendiendo a personas ingratas, sin ningún tipo de exageración, deja en el espectador la tarea de encontrarle significado.

Personalmente, La camarista (al igual que Roma) me parece una película imprescindible para comprender el México en el que vivimos, para tener una visión más amplia que vaya más allá de la vida de la gente rica y su opulencia o los problemas de violencia que vive el país. La desigualdad social, el clasismo y el racismo son un lado oscuro del país que no queremos ver (en el cine), por eso es importante enfrentarlo y mostrarlo honestamente. Por eso es importante dignificar y darle voz a aquellos que la sociedad nos ha hecho pensar que no importan. Eve es un personaje digno, fuerte y que no se da por vencido a pesar de que a su entorno no le interesa si triunfa o no. El final abierto no nos da un indicio sobre su futuro, si su vida será buena o mala. Eso ya es decisión del espectador, así como pensarlo dos veces antes de hacer un tiradero en un hotel porque “alguien más lo va a limpiar”.

Si no todos vamos a cumplir nuestros sueños, debemos aprender a encontrar la felicidad en las cosas pequeñas. Yo quisiera creer en el goce de aprender algo nuevo, de platicar con los amigos, de leer por gusto o incluso de la esperanza de recibir un vestido rojo del lost and found.

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